¡Maldita constancia inconstante!
Últimamente mi inspiración ha estado bastante alborotada. Se asoma un poquito en los momentos más inoportunos y me tienta a seguirla. Como una niña pequeña que quiere jugar al escondite. Y yo, sin duda, quiero unirme al juego. Pero cuando aparece en medio de una clase de Historia de las Religiones, cuando estoy en el cercanías, o justo en el momento en que estoy a punto de caer dormida... mi cuerpo no puede ponerse a corretear con la inspiración, por mucho que mi mente quiera.
Y a causa de eso hay miles de anotaciones indescifrables por todas partes. En cualquier hoja de cualquier cuaderno, en los apuntes de clase, en el teléfono móvil o en el dorso de mi mano... En mil sitios diferentes hay pequeñas partes de una gran historia, dispersas por todo mi entorno. Como piezas perdidas de un puzzle difuso.
Pero otras veces no puedo evitar caer en la tentación de dejar que la inspiración me agarre de la mano y me lleve lejos del mundo. Y esos momentos no siempre son los mejores. Ahora mismo, por ejemplo, debería estar estudiando el examen de mañana en el que me juego la mitad de una asignatura, y en lugar de ello, estoy aquí, frente al ordenador, dejando que los dedos corran libres a toda velocidad sobre el teclado. No puedo evitarlo. Es como una especie de extraña droga que me exige que aporte a mi cuerpo una dosis esporádica pero brutalmente grande de escritura hasta llegar al éxtasis, hasta quedar exhausta y aburrida de escribir; hasta que no quede nada por sacar de mi cabeza. Necesito sacarlo todo de mí y dejar que las palabras que han estado encerradas fluyan con fuerza, con seguridad y violencia.
Y más aún si, como ahora, persigo un gran proyecto. El más grande de mi historia. Y no pienso dejar que mi inconstante constancia lo arruine. No esta vez.
Besos con sabor a inspiración literaria
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