lunes, 4 de marzo de 2013

La inconstante tentación

¡Maldita constancia inconstante!

Pueden pasar meses desde que me decido a escribir aquí de nuevo, pero cuando lo hago, siento la necesidad de hacerlo en grandes cantidades. O no hay entradas en dos meses, o hay dos entradas el mismo día... Por eso me fascina tanto escribir. La inspiración es algo tan mágicamente cambiante, tan caprichoso... parece que tiene vida propia y capacidad de pensamiento. Y sin previo aviso, ¡igual que llega se marcha!

Últimamente mi inspiración ha estado bastante alborotada. Se asoma un poquito en los momentos más inoportunos y me tienta a seguirla. Como una niña pequeña que quiere jugar al escondite. Y yo, sin duda, quiero unirme al juego. Pero cuando aparece en medio de una clase de Historia de las Religiones, cuando estoy en el cercanías, o justo en el momento en que estoy a punto de caer dormida... mi cuerpo no puede ponerse a corretear con la inspiración, por mucho que mi mente quiera.
Y a causa de eso hay miles de anotaciones indescifrables por todas partes. En cualquier hoja de cualquier cuaderno, en los apuntes de clase, en el teléfono móvil o en el dorso de mi mano... En mil sitios diferentes hay pequeñas partes de una gran historia, dispersas por todo mi entorno. Como piezas perdidas de un puzzle difuso.

Pero otras veces no puedo evitar caer en la tentación de dejar que la inspiración me agarre de la mano y me lleve lejos del mundo. Y esos momentos no siempre son los mejores. Ahora mismo, por ejemplo, debería estar estudiando el examen de mañana en el que me juego la mitad de una asignatura, y en lugar de ello, estoy aquí, frente al ordenador, dejando que los dedos corran libres a toda velocidad sobre el teclado. No puedo evitarlo. Es como una especie de extraña droga que me exige que aporte a mi cuerpo una dosis esporádica pero brutalmente grande de escritura hasta llegar al éxtasis, hasta quedar exhausta y aburrida de escribir; hasta que no quede nada por sacar de mi cabeza. Necesito sacarlo todo de mí y dejar que las palabras que han estado encerradas fluyan con fuerza, con seguridad y violencia.

Y más aún si, como ahora, persigo un gran proyecto. El más grande de mi historia. Y no pienso dejar que mi inconstante constancia lo arruine. No esta vez.


Besos con sabor a inspiración literaria

Deseado egoísmo en dos palabras


Hace casi una semana desde que esta pequeña salió de mi cabeza en mitad de la noche. Sin previo aviso y después de meses de sequía literaria, decidió nacer en algún rincón de mí. Supongo que el dolor la engendró o, al menos, contribuyó a hacerlo. Al final Ares va a tener razón y la inspiración es mucho más fuerte si está motivada por la tristeza... aunque yo en parte me niegue a creer algo tan oscuro. 

He de decir que no me gusta demasiado. Hacía muchos, muchos años que no escribía poesía y nunca me consideré capaz de crear una decente. Esta no va a ser la excepción, claro está. Me recreo demasiado en la repetición, que le voy a hacer, es una característica innata.

Se puede resumir este "poema" en siete simples palabras: 

Si fuera más egoísta, lloraría mucho menos.

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Dos palabras.
Dos simples palabras hubieran bastado
para detener el arroyo que brota de mis ojos,
incesante, infinito y sin control.

Dos palabras que llenarían de luz la noche
y cesarían el rumor de mi llanto
que rompe el silencio de la habitación.

Dos palabras para que el miedo se fuera.
Para dormir segura y tranquila
abrazada a ti y sintiendo tu calor.

Dos palabras que ahuyentarían la soledad,
y aunque egoístas, dos palabras sinceras,
que dejarían al descubierto mi interior.

Dos palabras que reflejan todo.
La necesidad que siento de ti,
de tus manos, tus abrazos, de tu olor.

Dos palabras cobardes que no supieron salir.
Temblorosas se escondieron
por no considerar la mejor ocasión.

 Dos palabras que ahora duelen.
Me queman y luchan por salir
para volar hacia ti, hacia el sol.

Dos palabras que me habrían hecho tan feliz
en esta noche tan oscura.
Esas dos simples palabras.
Quédate conmigo
por favor…


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Besos poéticos